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Comida, bebida, hombres
Beit Noam es un lugar muy agradable, tiene una amplia cocina en la que cada semana uno de los hombres que habitan el lugar es el encargado de cocinar para todos. Arriba hay habitaciones donde viven tres o cuatro hombres en cada una.
Las reglas y pautas del lugar son fundamentales y detrás de ellas hay fuertes argumentos profesionales. El encargado de la cocina, por ejemplo, reúne el dinero a principios de semana recibiendo de cada uno de los hombres 130 shékels y con eso debe comprar los elementos y cocinar.
El ejercicio de reunir el dinero, de pedírselo a cada uno de los compañeros, enfrenta al paciente a una situación que lo retrotrae a la relación con su mujer. Pero ahora él es el débil, que tiene que pedirle dinero a un hombre cuyas reacciones pueden llegar a ser violentas y amenazantes.
Otra situación con la que se encuentra el encargado de la cocina es, por ejemplo, el servir una comida para todos. Cuando él sirve lo que cocinó y uno de los hombres arroja la comida y le dice “esto que preparaste es una porquería”, también se encuentra ante una situación que conoce muy bien. Sólo que en el pasado no muy lejano él tenía el rol del hombre violento.
Cuando sienten que necesitan un “recreo” les enseñan a salir de la casa y hacer un circuito corto por el campo que la rodea.Si todavía no se tranquilizaron, vuelven a salir, y así una y otra vez, hasta que la serotonina y la adrenalina hacen su trabajo.
Testimonios de quienes salieron de la casa
Son las seis de la tarde. Está por comenzar el taller para quienes ya salieron de la casa. Entre otras parejas llegan Alef de 42 años de edad y Alef (37), su segunda esposa. El hecho violento por el cual Alef llegó a Beit Noam sucedió hace dos años, con su primera esposa. Él admite que nunca creyó que sería capaz de cambiar tanto. “Cuando llegué a esta casa yo era adicto a la cocaína. Hoy en día soy consciente de los límites y los espacios peligrosos, presto mucha atención a mis sentimientos, los analizo y puedo darme cuenta cuando empiezo a sentir enojo. Tuve un padre violento y golpeador. Aquí, en Beit Noam, comprendí que crecí agredido, sin ninguna posibilidad de asimilar la idea de que era atacado y de inmediato respondía atacando. Hoy en día, cuando me siento amenazado y siento el fuego que sube desde adentro mío, lo comprendo, lo detecto”.
Es evidente que la situación de Alef no ha sido fácil, como así tampoco el proceso que atravesó. “Como he llorado dentro de esta casa no lloré nunca en mi vida”, confiesa. “A veces era tan difícil que pensaba que hubiese sido mejor estar en la cárcel y no enfrentarme a lo que había negado toda mi vida”, agrega Alef.
Alef recuerda cuál fue el momento en que empezó a cambiar. “En Beit Noam se hacen cenas especiales todos los viernes. Un viernes durante la cena alguien me atacó, y de inmediato sentí el reflejo de atacarlo de nuevo. Y me dije a mí mismo: cálmate, te hirieron , pero puedes permitirte resultar herido. Me levanté y me fui. En ese instante comprendí que ésos eran mis miedos de la infancia, la mesa de la cena de los viernes, el momento en que recibía más golpes. De pronto entendí que ya no soy ese niño y puedo permitirme que alguien me insulte o me ataque y no es el fin del mundo. A partir de ese momento comenzó el cambio”.
Las lágrimas, el cambio y la liberación
Cuando los hombres salen de Beit Noam y vuelven a sus casas, el tratamiento pasa a abarcar también a la pareja y los hijos.
Otra pareja que concurre al taller es la de J. de 48 años de edad y su esposa, G. de 30. La pareja tiene 4 niños de entre 4 meses a 6 años de edad. Debido a la violencia de J. respecto de G. llegó a Beit Noam, finalizó su tratamiento hace 6 meses y cumple también una condena a trabajos sociales.
J. asiste al taller de ex pacientes y también al taller para padres, en cuyo marco participa una vez por semana en una sesión de terapia a través del arte junto con sus hijos, que fueron testigos de sus actos de violencia.
“Antes me guardaba todo, escondía todo lo que me provoca dolor, tristeza o miedo. Escondía y callaba. Ahora soy capaz de expresar todo lo que siento”, explica J.
J. descirbe el cambio que experimentó al llegar a Beit Noam. “Desde que llegué a esta casa me sentí seguro. Desde el primer momento. Algo dentro mío comenzó a despertar. Recordé cosas mías que me gustaban cuando era niño y recordé la difícil infancia que pasé. Tuve un padre que murió muy joven y una madre que no supo arreglarse con 5 niños pequeños. No sabía qué hacer, entonces se comportaba con violencia. Pero aquí hay buenas energías, hay algo especial en esta casa. Desde el principio sentí que me querían ayudar y me sentí seguro”.
Para la mayoría de los hombres resulta muy difícil aceptar que necesitan un tratamiento, que no son “tan fuertes” como se muestran.
“Toda mi vida tuve puesta una careta con la que le decía al mundo que yo soy el más fuerte y nadie puede conmigo. Pero, de hecho, era el más débil. Al principio me fue difícil hablar, pero lo trabajé con el terapeuta y entendí que aquí no se viene a jugar, y de pronto me dí cuenta que estaba llorando, que las lágrimas caían como por sí solas,y todo se abrió”, recuerda J. “Cuando hablas por primera vez sobre el dolor y sientes el alivio, comprendes que debes seguir adelante”, explica.
El paso por Beit Noam y el tratamiento posterior han cambiado la vida de J. y de toda su familia. “Antes yo era como una especie de máquina. Me preocupaba por la casa y la comida y nada más. Ahora disfruto de mi matrimonio, de mi mujer, de mis hijos. Ni siquiera las deudas me sacan de equilibrio. Antes, si tenía una deuda me enloquecía, perdía el control. Hoy en día lo tomo con calma y pienso que poco a poco saldremos adelante”.
Fuente:
El periódico israelí Yediot Ajaronot




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