El Sindrome de CAPGRAS

La característica esencial del síndrome de Capgras, descrito por este autor en 1923 en su trabajo L’illusion des sosies, consiste en que el sujeto está convencido de que las personas que le rodean han sido reemplazadas por dobles, los cuales son impostores.

 

La paciente que describe Capgras en ese artículo es una mujer de 50 años de edad con un delirio megalómano de persecución. Está convencida de que todas las personas de su entorno, incluso las más cercanas, como su marido y su hija, constituyen dobles que se van alternando sucesivamente. Junto a las ideas de grandeza -tiene la convicción de que pertenece a la realeza y que posee una inmensa fortuna que le ha sido arrebatada-, el tema principal gira en torno a sustituciones y desapariciones de personas: cree que existe una “sociedad” que se dedica a la desaparición de personas a las que esconden en inmensas cuevas, como le ha ocurrido a sus hijos capturados por esta entidad.

Casada en 1898 a los 29 años , su primer hijo muere a los pocos meses de edad, muerte que ella niega que haya ocurrido, convencida de que fue raptado y sustituido por otro. Tiene luego dos gemelas, una de las cuales fallece también a edad temprana, aunque la paciente cree que, en realidad, fue sustituida. En 1906 da a luz a otros dos gemelos que tampoco sobreviven, y de nuevo, la Sra. M. piensa que uno de ellos fue raptado y el otro envenenado.

Su marido refiere que aunque empezó a notar en ella algunas rarezas a los tres o cuatro años de casados, fue después de la muerte de sus dos últimos hijos cuando sus síntomas se agudizaron. A partir de 1914, el delirio está firmemente instalado. Su hija, la única que vive, tampoco sería la auténtica, “la sociedad” se la ha llevado y le han dejado una doble que es cambiada cada día por otra, en una interminable cadena de sustituciones. Su marido, tampoco es su marido. El verdadero ha sido asesinado y sustituido por otro que es el que la mantiene ingresada; su marido, el auténtico, nunca lo habría hecho. Ella misma también, tiene una doble que ocupa su lugar en el exterior, etc.

Capgras describe la ilusión del doble como agnosias de identificación, fenómenos afectivos que reposarían probablemente en una disfunción cerebral pero que implican en los enfermos que lo padecen un rechazo a admitir la verdadera personalidad de los seres cercanos. Observan un parecido pero desconocen la identidad de la persona. Luego, no se trata de un falso reconocimiento, sino que va más allá: se origina a partir de un estado afectivo aunque en un segundo tiempo se incorpora a hábitos adquiridos de pensamiento.

Para explicar cómo se desencadena este fenómeno, Capgras sostiene que en todo reconocimiento se da una lucha entre dos elementos afectivos: el sentimiento de familiaridad y el de extrañeza. La paciente desarrolla en ella un sentimiento de extrañeza generado por un período de inquietud y ansiedad intensos que choca con el sentimiento de familiaridad inherente a todo reconocimiento, pero que no llega a invadir del todo su conciencia ya que no deforma sus percepciones o sus imágenes mnésicas. Por tanto, rostros que ve con sus rasgos habituales y cuyo recuerdo no está alterado ya no van acompañados de ese sentimiento de familiaridad exclusivo que determina la aprehensión directa, el reconocimiento inmediato. Al reconocimiento se asocia el sentimiento de extrañeza que le es opuesto. El paciente, aunque capta un parecido muy estrecho entre dos imágenes, deja sin embargo de identificarlas debido a su contenido emotivo diferente. La ilusión de los dobles no es de orden sensorial, sino la conclusión de un juicio afectivo, afirma Capgras: se crea una concepción delirante del “doble” generada, pues, por la lógica de los sentimientos.

Como se ve en la elucidación dada por Capgras,  a pesar de considerar que se trata de un trastorno afectivo, no se ofrece una explicación de las motivaciones que impulsarían la patología delirante. Es nuestro propósito mostrar, basándonos en un caso clínico, algunos de los mecanismos inconscientes que subyacen al síndrome de Capgras, sin pretender agotar su dilucidación.

El interés de este caso reside en que el cuadro delirante de los dobles usurpadores surgió durante el tratamiento y su comprensión no derivó de una reconstrucción “a posteriori” a partir del relato de la paciente –tipo historia psiquiátrica-, pudiéndose así seguir de cerca las angustias que le subyacía y los procesos defensivos que intervinieron en su creación.  Me centraré en las causas de emergencia del síndrome de Capgras en esta paciente y no en las condiciones estructurales de su personalidad, ni en la elucidación de la génesis de la misma – identificaciones tempranas, posicionamiento en la estructura familiar, situaciones traumáticas infantiles, etc. –  que fueron, sin dudas, las que posibilitarion su desarrollo.

 El caso de P.

P. es una mujer de 38 años que presentó una reactivación de un trastorno delirante paranoide, con nuevas temáticas, después de dar a luz a su primer hijo. En este momento, surge en ella la creencia de que sus seres más cercanos no son tales sino unos dobles que han ocupado el lugar de éstos. Cree que su bebé ha sido sustituido por otro de aspecto enfermizo; su marido, así como su madre y hermanas, también son suplantados ocasionalmente por unos dobles que ella detecta como tales a pesar de que reconoce  similitudes con los verdaderos. Piensa que alguien se ha ocupado cuidadosamente hasta de los detalles más pequeños para confundirla y así poder demostrar que está loca y que no  se halla en condiciones de ocuparse de su hijo.

Este proceso se inicia un mes y medio después de parir. Tras una visita al pediatra, éste le comunica que el bebé no ha ganado peso y que, por tanto, hay que reforzar la alimentación con biberón dado que  su leche no es suficiente. Además, el bebé presenta un problema en la cadera por lo que se hace necesario tenerle en observación. Pocos dias después, en una comida familiar, está convencida de que la carne que le han servido está en muy malas condiciones y se niega a comerla suponiendo que le han querido envenenar. A partir de aquí irrumpe el cuadro delirante persecutorio en el que el fenómeno del doble usurpador domina todo el panorama.

A pesar de su afirmación de que todo había ido bien hasta ese momento,  durante una sesión recuerda, sin embargo, el intenso terror con que vivió el momento del parto: no podía soportar el dolor de las contracciones llegando a vomitar en dos ocasiones en el paritorio, hasta que la anestesiaron. Después del parto, durante el dia se encontraba “muy bien”,  aunque las noches estaban plagadas de pesadillas.
Recuerda especialmente el sueño que tuvo la primera noche después de parir: su bebé está muy agitado y llorando; entonces, ella se asoma a la cuna y observa que le han puesto al lado a otro bebé que es parecido a un “alien”, con un aspecto terrorífico de color verde y echando espumarajos por la boca. Al ver a este monstruo colocado al lado de su bebé, piensa que esa es la razón por la que su bebé está agitado, dominado por el miedo.
 
 
 

 

En este sueño ya aparecen contenidos y mecanismos propios del delirio que se desarrollará después. Los dos bebés del sueño estarían representando distintos aspectos de P. que no puede reconocer como propios. Es evidente que el terror la dominó durante el proceso de parto al sentirse en peligro; sin embargo, ese sentimiento es proyectado en su bebé, pasando éste a ser el que se hallaría en peligro, agitado. Aparece ya aquí una no diferenciación entre la representación de ella y la de su hijo. No reconoce a éste como una persona diferente de sí misma, es tan solo prolongación de sí y objeto de proyecciones e identificaciones. Esta interpretación es corroborada a lo largo del tratamiento: cada vez que ella está asustada piensa que es su hijo quien corre peligro. Además, en ocasiones proyecta en él sus exigencias superyoicas llegando a sentirse intimidada, paralizada e incapaz de hacer frente a un bebé que le va a reprochar su mal hacer, a la vez que experimenta fuertes sentimientos de culpa al sentir que no está dando la talla como madre. El “alien” que pone en peligro al bebé, que realiza malas acciones, es el personaje creado con la finalidad de desprenderse de sus sentimientos de ser una madre inadecuada, cuya leche no sirve. Así, cuando el pediatra le dice que es necesario alimentar a su hijo con biberones, a P. el sentimiento de que su leche no sirve le resulta intolerable pues durante el embarazo fantaseaba que iba a ser una “buena vaca lechera” expresión que usó para referirse a su ideal de madre.

La frustración narcisista y los sentimientos de culpa determinan el surgimiento de nuevas fantasías defensivas: son los demás quienes dan mala comida al niño o leche en mal estado. Culpa y narcisismo humillado son las motivaciones que impulsan el rechazar que el hijo con el que está en contacto diariamente sea el suyo. Cuando los supuestos perseguidores le dejan al bebé que tiene tan mal aspecto es con la intención, por parte de alguna institución de demostrar que P. es una mala madre, y así poder incriminarla.

También en otro momento del tratamiento cree que su marido, su madre, sus hermanas son unos dobles. Lo decisivo para comprender la génesis del fenómeno de los dobles que van apareciendo, al menos en la dimensión de ser expresión del trauma narcisista, es que ello sucede cada vez que se siente cuestionada. Cuando los familiares le dicen que es necesario llamar al médico, o le cuestionan sus ideas delirantes, siente hostilidad hacia ellos y, desde esa hostilidad construye creencias: son unos dobles que están ahí para colaborar en demostrar que está loca.

Por otra parte, el que sean dobles de sus seres queridos le permite odiarlos y conservar la ilusión de que es una madre, una esposa y una hija amorosa. Para poder perservar una imagen buena de las personas que la rodean y de sí misma, en tanto figuras idealizadas, debe proyectar el odio en los demás: son éstos quienes tienen malos sentimientos e intenciones. Además, el pensar que sus seres queridos están secuestrados, pero con la posibilidad de que reaparezcan, permite apuntalar el sentimiento de que en algún lugar hay seres protectores. Si esto no fuera así, el mundo exterior estaría sólo poblado de personajes aterrorizantes.

Volviendo a los temores de P. durante el embarazo, ella se hallaba obsesionada por garantizarse un alumbramiento bajo anestesia. En aquél momento predominaban en ella las angustias del sistema motivacional de la autoconservación: lo que le podría suceder a ella ocupaba el primer plano. En los momentos inmediatos al parto, esos temores siguen vigentes, aunque proyectados en el bebé: éste corre peligro y tiene junto a él a una figura monstruosa, que es como ella experimentó al hijo en tanto sucio y cubierto de sangre durante el alumbramiento.

Pero cuando el bebé no aumenta de peso y su leche – que la representa a ella – es considerada inadecuada, el sistema narcisista es el que pasa a adquirir primacía: ella es una madre defectuosa. El dolor narcisista se transforma en hostilidad hacia los que la criticarían por fallar. Hostilidad que determina dos órdenes de sentimientos: por un lado de culpa –impulsada por el sistema motivacional de la heteroconservación, de protección al otro- y, nuevamente, reactivación de las angustias de la autoconservación: al pelearse internamente con las figuras que la rodean se siente desamparada y en peligro.

Preocupaciones del orden de la hetero-autoconservación y del narcisismo que desactivan su sistema sensual-sexual: no hay placer en el contacto con el hijo ni en el encuentro con el marido, generándose así frustraciones a expectativas y deseos, lo que aumenta su hostilidad.

La aparición del delirio sobre personajes que son dobles impostores que reeplazan a los seres queridos debe ser comprendida dentro de una estructuración paranoide de la personalidad que ya había manifestado producciones delirantes. Dos años antes del parto, P. interpreta y se refiere todo lo que sucede a su alrededor  en el ámbito laboral como indicadores indudables de una trama urdida contra ella para demostrar su ineficacia y así poderla echar del trabajo. La conjura estaría dirigida por su jefe anterior, con el que sostuvo un enfrentamiento que duró unos meses hasta que, dominada por fuertes angustias persecutorias, solicitó un traslado al departamento actual en el que trabaja y que no tiene nada que ver con su anterior puesto.

P. afirma no haber tenido mayores dificultades en la vida hasta aquel momento. Es la  segunda de tres hermanas criada en una familia en la que “todo estaba bien siempre” y donde no cabían expresiones de disgusto ni de malestar. Se evitaban los enfrentamientos , y si alguien no se encontraba bien o estaba pasando un mal momento, esto era guardado celosamente en secreto. Esto fue repetido en la transferencia: durante meses P. presentaba en el tratamiento una sonrisa estereotipada aunque se hallaba claramente desbordada por la angustia.

Creció en un clan de mujeres dirigido por un mensaje materno claro: tenían que ser independientes y no cometer el error de depender de un hombre. Aún hoy, ninguna de las tres hermanas se ha casado. El padre pasaba la mayor parte del tiempo fuera de la casa entre tres trabajos distintos para hacer frente a todos los gastos de sus hijas. Le recuerda como una persona excesivamente ordenada y controladora. Describe a la madre como mujer muy activa, con grandes expectativas depositadas en sus hijas, y que se esforzó por que cada una de ellas destacara en algun área.

P. sobresalió pronto en la escuela, presentándose a diversos concursos provinciales ganando concursos y medallas, cumpliendo así los deseos narcisistas de su madre, los que contibuyeron a preparar el camino para su futura patología.  Desde pequeña ocupó un lugar especial adquiriendo cierta notoriedad, que era potenciada familiarmente. Describe con orgullo cómo ella y sus hermanas se marchaban de vacaciones antes del final del curso escolar obligando a sus profesores a hacerles exámenes sólo a ellas, lo que la hacía sentirse excepcional .

 Cuando finaliza sus estudios superiores encuentra rápidamente trabajo en una empresa. Su jefe delegó en ella durante diez años el grueso del trabajo, lo que le permitió sentirse reconocida y especial, hasta que por una reorganización el jefe  decide ejercer sus funciones, con lo que P. pasa a ocupar lo que ella vive como un segundo plano sintiéndose  relegada frente a otros compañeros. Comienza entonces para ella un periodo conflictivo en el que aparecen por primera vez las ideas delirantes persecutorias. Experimenta un intenso sentimiento de frustración narcisista que le genera un obsesionante odio hacia su jefe. A partir de ese momento piensa que su jefe no hace más que tenderle trampas para demostrar públicamente su incapacidad laboral y así poderla echar del trabajo. Abrumada por la persecución, solicita un cambio y es trasladada a otro departamento.

Momentáneamente experimenta cierto alivio, pero al encontarse siendo una más entre iguales y desarrollando un trabajo que a ella le parece rutinario y carente de interés, vuelven a resurgir las convicciones persecutorias. El entorno se vuelve amenazante, todo lo que ocurre a su alrededor, cualquier hecho insignificante es interpretado por ella, en una especie de locura razonante, como signo inequívoco de una confabulación  detrás de la cual se halla su jefe anterior que ha conseguido convencer a todas las personas que integran su nuevo departamento. Es entonces cuando solicita ayuda psiquiátrica al tenerse que dar de baja, para escapar del entorno intolerablemente persecutorio.

 La paranoia en ella, surge como una defensa frente al sentimiento narcisista de fracaso: reiteradamente –lo vimos durante el tratamiento-  cuando sufre algún tropiezo o hace algo inadecuado siempre hay un complot que es la causa de ese fracaso, nunca reconoce haber hecho algo mal, siempre son los otros. Bajo estrés, bajo angustia persecutoria, comienza a delirar, se asusta, se llena de hostilidad y proyecta ésta en el entorno.

Durante el tratamiento, a medida que van transcurriendo los meses, P. puede ir elaborando y comprendiendo algunos de estos mecanismos; se hace evidente lo frustrada que se encuentra al no ver realizadas sus ambiciones profesionales. Fantasea con que en algún momento se producirá algún cambio que le permitirá ascender y ser finalmente reconocida como le corresponde por sus cualidades superiores. Se plantea cambiar de trabajo pero no reconoce sus limitaciones. En este clima, y despues de una visita a su provincia, se encuentra con algunas amigas a las que envidia por sentirlas exitosas, por tener hijos. Ella ha hecho una elección profesional y se siente fracasada. Poco después me comunica que está embarazada.

P. es desconfiada, temiendo siempre de los otros algún tipo de ataque en mayor o menor grado, incluso cuando le abordan en la calle para preguntarle una dirección. Esta desconfianza no le permite recibir y aceptar los cuidados que le brindan los demás. Mantiene relaciones superficiales con algunos antiguos compañeros siempre que pueda desplegar ante ellos lo bien que está. Si se reúne con ellos y se abordan problemas, se queja de que el encuentro ha sido negativo.

 

Tambien pudimos ver en el tratamiento su envidia ante los éxitos de los demás y como cuando ella se encuentra en alguna situación en la que se siente exitosa se asusta porque piensa que los demás la van a atacar por envidia.

 

De chica fue regañada por su “mal carácter”, con lo que aprendió a eliminar de su conciencia la hostilidad y la rabia. Ha sido una persona solitaria, que ante el primer fracaso amoroso adolescente no volvió a tener relaciones con los hombres hasta que conoció a su pareja actual, ocho años después.

 

Resulta razonable pensar que la aparición del cuadro de Capgras (dobles que usurpan la identidad de otros) fue debida a que en ocasión del nacimiento de su hijo, los personajes que devienen en  persecutorios – hijo que le hace sufrir y amenaza en el parto, marido que la critica- son personas queridas, y no tan alejados afectivamente como las del jefe o compañeros de trabajo, y de las cuales no puede escapar mediante un cambio como el que realizó en el trabajo. Respecto a su ambivalencia ante los seres queridos, las necesidades del sistema motivacional del apego desempeñan un papel importante: para conservar a las figuras de apego autoconservativo (marido, madre, hermanas) y del apego heteroconservativo (cuidado del otro) hacia su hijo, tiene que construir un mundo de dobles.

Por tanto, múltiple determinación de la creación del doble usurpador:

    – Necesidades narcisistas: soy una madre excelente pues mi bebé “real”, el mío, no tiene problemas. El que tiene problemas, no es el mío sino un usurpador.
    – Autoconservativas:  mi marido, madre y hermanas “reales” me cuidan y protegen. Entonces, estoy segura. Los que me critican, los que me atacan, son los otros, los usurpadores
    – Heteroconservativo:  yo amo a mi bebé “real”, lo cuido, no lo quiero destruir, no soy culpable de odiar a un bebé pues éste es un usurpador.
    – De apego:  no estoy sola, mis seres queridos están vivos y volverán si no me dejo engañar por los usurpadores.
     

     

     

     

 

 

Fuente

Apertura Psocoanaliticas

revista internacional de psicoanalisis

http://www.aperturas.org